Imagino que los largos asedios a ciudades y fortalezas en guerras pasadas, esos cercos de enormes ejércitos a recintos amurallados donde se resistía heroicamente, produjeron un gran desgaste a los asediados. Puede que recordar sus desventuras durante el aislamiento forzoso nos sirva de ayuda para sobrellevar la situación creada por la Covid 19. Al menos para tener una perspectiva distinta de aquello por lo que estamos pasando, poder comprenderlo mejor y, quién sabe, llegar a asumirlo y superarlo.

Esos asedios bélicos provocaron en los asediados un cambio radical de vida en todos los aspectos. La llegada a sus puertas del ejército enemigo originó una alteración profunda e inesperada de sus hábitos y costumbres, de los ritmos y tempos de su día a día, un desgaste poliédrico y multiforme. Cambios y desgaste a todos los niveles: en lo físico, en lo laboral, familiar, lúdico, económico, social, psicológico, emocional… Una situación muy similar, salvando las distancias, a la que sufrimos nosotros ahora.

Limitaciones de movilidad, falta de suministros, cambio de horarios, de actividades y desplazamientos. De modos y maneras de nuestro contacto humano. Los largos periodos de asedio y conflicto produjeron también cambios en nuestros trabajos, o sus pérdidas, y generaron la creación de nuevas ocupaciones, de nuevas rutinas cotidianas, específicas y adaptadas. Como en estos momentos.

Nacen unos hábitos, trabajos y espacios nuevos que probablemente no nos producen la misma satisfacción que los anteriores, las rutinas conocidas que conformaban nuestra zona de confort. Las actuales, las nuevas rutinas cotidianas, en su supuesta provisionalidad, tienen un carácter transitorio que no deja crecer la sensación de trascendencia y evolución tan necesaria para sentirnos vivos, vivientes, dueños de nuestra existencia.

Esa provisionalidad de lo nuevo nos ha dejado “flotando” en una especie de limbo temporal hasta que termine el asedio de la pandemia. Además, subyace en nosotros el temor de que estos nuevos modos de vida provisionales se conviertan, si la situación se alarga, en definitivos. Y la brusquedad de ese cambio inesperado e impuesto por las circunstancias no es en absoluto de nuestro gusto.

De todos los cambios producidos por este asedio que nos rodea, encierra y condiciona, los más visibles y que se detectan en primer lugar son los de carácter, digamos, logístico. Los que afectan a las cosas y maneras de lo que crea nuestra realidad. A donde podemos o no podemos ir, las cosas que podemos o no hacer. Lo exterior. Pero, a la larga, el asedio, el desgaste de la pandemia, produce aún más deterioro dentro que fuera de nosotros.

Asedio Covid alvaro urkiza

Experimentamos cambios emocionales y psicológicos, tanto a nivel individual como grupal. Muchas veces, debido a la novedad de estas circunstancias, sin ser del todo conscientes de ello. Comunitariamente vivimos etapas intensas de solidaridad y desunión dentro de las murallas rodeadas por el virus, sufrimos tensiones internas en nuestros distintos grupos, momentos de exaltación gregaria y de individualismo salvaje, de generosidad y de avaricia, de cohesión y desintegración social.

A nivel personal, esta situación se cobra su precio. El cansancio, la impotencia, y el miedo producen desilusión, tristeza, desesperación e ira. No hacemos planes a causa de lo “provisional” de las cosas, del desconocimiento de lo que vendrá, de la falta de control sobre nuestras propias vidas y sus futuros más cercanos. Nos acostumbramos a la resignación como estado de ánimo general. La impotencia de ser incapaces de cambiar las cosas nos produce frustración. El enfado, la ira sorda por esta situación, se instalan en lo profundo de nuestro ser. Y alternan con la tristeza y falta de esperanza cuando claudicamos al cansancio.

Son tiempos de paradojas y contrastes, de extremos opuestos: alternamos fatalismo y optimismo desbocados, resignación y rabia, aceptación y negación. La búsqueda de culpables, muy humana, no resuelve el problema pero rebaja la tensión acumulada dirigiendo nuestro enfado hacia los supuestos responsables. Apaleamos en la plaza del fortín a los disidentes, quemamos a los traidores y ahorcamos a los centinelas de la Puerta Norte. Aunque pensamos que son hechos defensivos frente a los peligros del asedio, en realidad nos debilitan.

Sin duda somos la generación, al menos en el mundo occidental, peor preparada para soportar la frustración e impotencia de ver recortadas nuestras rutinas y supuestas libertades de consumo, distracción o desplazamiento, cualquier tipo de cambio de unos hábitos narcóticos que mantenían un dulce y entretenido AHORA en nuestras vidas.

Quizás las personas que habitaban esas ciudades asediadas por los bombardeos o rodeadas por ejércitos enemigos, no hace tantos años, estuvieran mejor dispuestas a afrontar esos desgraciados cambios y a adaptarse y resistir los sacrificios impuestos por las circunstancias adversas. Con menos pataletas enrabietadas, con más solidaridad. Quizás. Mientras, como cada mañana, despertaremos inquietos otra vez, esperando la llegada de refuerzos y la vuelta, imposible, a la normalidad que fue.

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor

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