La mayoría de nosotros dispone de todo un abanico de ideas preconcebidas sobre los lugares más emblemáticos del planeta. Estereotipos geográficos que nos permiten describirlos, opinar o incluso polemizar sobre ellos sin conocerlos en realidad.

Imaginamos, como si los hubiésemos visitado, áridos desiertos y sus interminables dunas, espejismos y oasis. Inaccesibles montañas balconadas a laderas de vértigo, aludes y, quién sabe si la silueta del Yeti vislumbrada en medio de la borrasca. Selvas profundas y húmedas donde ruge la marabunta entre lianas y monos aulladores, tribus caníbales y gorilas en la niebla. Infinitos hielos árticos y antárticos deslumbrándonos con su frío seco y sus latitudes imposibles, allá donde los perros, agotados, dejan de arrastrar el trineo. Coralinas y diminutas islas tropicales habitadas por náufragos vestidos con hojas de palmera bajo un sol incólume.

Imágenes tópicas cada una de ellas que nos sirven para ubicarlas en un imaginario “de segunda mano” hecho de fotografías, libros, películas o series de TV. Fiordos o estepas, expediciones a las profundidades marinas y también, como sucede aquí y ahora, en el corazón del Parque Nacional Kruger en Sudáfrica, viviendo los míticos safaris africanos. Enfrento en primera persona la experiencia real frente a los tópicos que sostienen su imaginería popular. Y constato lo siguiente, por ejemplo:

1.- El bien más preciado del planeta, y con seguridad del continente africano, es el agua. Pero con sorpresa compruebo que el segundo son las toallitas de papel, las servilletas, el papel de cocina desechable y todo aquel articulo hecho con derivados de la celulosa industrializada. Se escatima como el agua y se utiliza y reutiliza hasta que mancha más que limpia. La cicatería de los hosteleros africanos con ese bien tan usualmente consumido y poco valorado en el mundo occidental nos desconcierta y, sin dudarlo, pedimos más servilletas en el restaurante, petición nunca cumplida o de manera escasa y acompañada de malas caras.

2.- Los mosquitos infecciosos están, pero no se sienten. Atiborrados de pastillas anti malaria (muy potentes y llenas de contraindicaciones que van desde la diarrea amazónica al estreñimiento marmóreo, de la euforia asesina al síndrome suicida) constatamos que los insectos chupasangre por excelencia nos pican menos que en cualquier tarde de verano en la península ibérica. Comenzamos a desconfiar de la profilaxis académica y nos dejamos llevar por el colonial remedio del gintonic. Pronto abandonamos las pastillas. Y, desgraciadamente, a la semana de regresar a España, unas fiebres repentinas nos llevan a maldecir nuestra falta de fe en las precauciones expedicionarias, sujetándonos el estomago en una ambulancia camino de la UCI del hospital más cercano.

3.- La noche me confunde, dice el león. Los documentales de la TV y la sabiduría popular sostienen que la noche es el momento de mayor actividad animal. La caza, el acecho, el forrajeo, el apareamiento incluso, se celebran a destajo durante las horas de oscuridad, ajenas a la mirada de turistas con binoculares y cámaras de teleobjetivos priápicos. Y así, convenientemente pertrechados y somnolientos aunque excitados ante las expectativas, salimos a las 4,30 de la madrugada en un incómodo camión por las traqueteantes pistas del parque. Nos guía un muchacho aburrido que mastica un inglés incomprensible dirigiéndose a nosotros sin mirar a ningún lado. Nuestro heterogéneo grupo de turistas no se arredra, y armados con ilusión sin límites y enormes linternas que nos proporciona, enfocamos histéricos a las sombras desde los lados del camión. Conejos en épica huida, huraños elefantes despabilados de su siesta, una mangosta que nos mira de reojo al escapar y ñus que pestañean aburridos son el resultado final del madrugón y de dos horas buscando la vida secreta del parque en un estéril esfuerzo nocturno. Cuando comienza a diluviar y comprobamos que el camión no está preparado para protegernos de la torrencial lluvia, solo nos queda el sentido del humor como remedio eficaz frente a la escasez de felinos salvajes y el resfriado que ya intuimos. Nuestras carcajadas empapadas desafían a los rayos y truenos que iluminan la sabana de regreso a nuestras cabañas.

4.- Hombre blanco tiene lengua de serpiente. El racismo, el colonialismo, la explotación y el abuso de tierras y poblaciones locales por otras foráneas forman parte de la historia de la humanidad. Aquí, en Sudáfrica, ese relato es intenso, dramático, y está, como muchos otros relatos que damos por superados, aún en carne viva. Con Mandela y su campechana sonrisa en la cabeza, tarareando los conciertos de Paul Simon en Soweto, y recordando hilarantes escenas de alguna simpática película de turismo gringo en el continente madre, nos acercamos con desenvuelto paternalismo a los locales.

Akuna matata, viajero; sonríe evitando en todo momento que se note que disfrutamos de cien veces mas nivel de oportunidades, calidad y expectativas de vida, recursos económicos, acceso a educación, sanidad y viajes, etc, etc. Pero, desgraciadamente, se nota. Cuando llegamos al extremo de exagerar nuestra afabilidad en el trato con el empleado de la gasolinera, con la limpiadora de habitaciones o el vendedor de fruta abusando de los “gracias hermano” o los “buena onda broder” caemos ya en el ridículo postcolonialista más empalagoso, y los rostros de los nativos disimulan a duras penas el asco que les produce nuestra supuesta cercanía, fingida desde la seguridad de un 4×4 alquilado que se esfuma en una nube de polvo y lavado de conciencias occidental. El verdadero safari del siglo XXI es el reencuentro con la culpabilidad histórica en un abrazo turístico lleno de mentiras, sonrisas forzadas y rictus congelados de pago para postear en Instagram.

(Sodwana Bay, Sudáfrica, Noviembre 2019)

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Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor

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