“Toda isla desierta carece aún de náufrago.”

(Testimonio 195, Evangelios de Lenny, libro Tercero)

Cuando sofocaron el motín, los del barco tuvieron misericordia del pobre Lenny y no le colgaron del trinquete como a los demás. Con unas galletas secas y un rifle me dejaron varado en la playa de esta isla y se largaron. Les vi alejarse mientras lanzaba al mar piedras e insultos, hasta que se me acabaron las fuerzas. Como un espantapájaros clavado en la arena, en ese momento fui sobrepasado por la evidencia de mi soledad y lloré tres días y tres noches. La tercera noche resucité. Porque soy Dios.

Desde que llegué a este promontorio de tierra deshabitada en medio del océano, he sufrido el paraíso. De nada sirvió haber leído Robinson Crusoe para adaptarme mejor a los infinitos cocoteros, a las rocas, al pescado crudo y el cielo inaccesible. No me hizo falta sofisticar la estructura de mi cabaña, el curtido de pieles o destilar licor de coco para sobrevivir. Solo convertirme en Dios todopoderoso.

Es costumbre en ciertas entrevistas preguntar qué libro, qué música o a quién se llevaría el entrevistado a una isla desierta. Yo he traído a mi isla a todos y a todo, he creado el universo que me rodea, te he creado a ti que me lees ahora, todo lo que te envuelve y me acompaña. He creado tus recuerdos infantiles y tu comida favorita, tu primer beso y esa tarde melancólica. Escribo en mi cabeza la gran enciclopedia del mundo y me complazco con ello.

Escucho dentro de mí las voces del niño nervioso, los versos del poeta, al padre abandonado, los aullidos del clown insolente. Dibujo el retrato del esclavo huido y del atracador travesti, las siluetas del craso error. Cuento las tardes de lluvia, cuento las ovejas del insomne, las rayas del papel pintado, las baldosas que tu cuentas al salir del bar ese invierno que también yo he creado. No hay nada que no espere a ser contado por mí en estas soledades de salitre y arena. Ahora conoces la verdad: tu mundo nació en la imaginación de un náufrago. Dios vive en una isla.

Pero últimamente, en las estrecheces de coral y espuma, siento falta de espacio para tanto como surge de mi imaginación divina. No hay lugar donde ordenarlo todo en este reducido islote. Imposible el paseo del creador sin tropezar con vidas mezcladas y momentos azarosos, con conceptos, biografías, idiomas y sensaciones surgidas de mi fructífera divinidad. Hay colores nuevos que se quejan del incansable azul predominante. Los granjeros en huelga flirtean con mujeres abanderadas, con sus perros cariñosos, con todo tipo de chinos, con infinitos posibles. Agotador.

Esta isla ya no está desierta. No hay sitio para más vidas en la mía y ya no soy feliz aquí. Ha llegado la hora de que construyais solos vuestros propios destinos, papá no volverá a decidirlo todo desde esta isla olvidada. Pero no temáis: Guardaba esta bala en el viejo rifle para escribir con ella el último capítulo de la creación, la conclusión del universo insular y sus memorias. El Apocalipsis según Lenny, el Big Bang Bang, el fin del Génesis. ¡Adiós, Lenny, adiós!


Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor

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