Inexplicable pero cierto. Esta mañana, después de otra noche agitada, he encontrado en la cocina el café preparado. Resulta extraordinario si se tiene en cuenta que vivo solo con mis gatos y mis libros. Pero, además, al lado del desayuno había una nota. Era breve, decía: “Sigue la sonrisa”.

Bebo el café, me froto la cara, no entiendo de donde ha salido el mensaje, ni que significa. Me afeito con una maquinilla usada, me corto, me pego un trocito de papel higiénico en la herida. Tomo las pastillas y bajo a la calle por las escaleras para esquivar al casero. Me duele la espalda en cada peldaño aunque dicen que el ejercicio es sano. Al salir del portal respiro como un pez el aire de la ciudad, suspiro el monóxido y la resignación del primer cigarrillo. Doy un paso, después otro, voy a la oficina del paro a ver que hay, como todos los días.

Camino sin mirar a la gente más que para esquivarla. Es este un barrio de mendigos jubilados, sin atractivo turístico. Un museo de cera de la mediocridad. Novedad: han instalado cámaras cerca del banco de la esquina. Dicen que volverán los atracos. No veo nada romántico en Jesse James montado en una escúter. Soporto las primeras gotas de lluvia igual que los demás; la crisis ha llegado también a los paraguas. Estoy viejo para buscar empleo. Antes no era así, pero nada permanece, todo empeora naturalmente. Cerraron el periódico y cometí errores, tú te fuiste y me alegré salvajemente de que mi decadencia no tuviera testigos. Llego al metro, voy a entrar en el vagón, ella sale.

La señorita se cruza conmigo y sonríe. Sostiene un pequeño hatillo enrollado y sonríe. No sé porque doy la vuelta y la sigo. Desando mis pasos hasta la calle, llena de nubarrones bajos y de coches erráticos quemando gasolina para llegar antes a ninguna parte. Sigo a la chica, me siento como un detective en una película de segunda, como un viejo verde. Lleva buen paso, quizá tenga trabajo, quizá tenga una vida. A mí no me llega para comprar otra, hice una revolución y la perdí, corrí delante de la policía hasta olvidar el porqué.

Caminamos la ciudad en fila india. El mundo está sucio, las señoras que hacen compras llevan pieles de visón arrancadas en vivo, la civilización es un campamento de refugiados. La chica se detiene, disimulo y finjo comparar tamaños de enormes televisiones en un escaparate. En todas aparece un ministro exigiendo austeridad y anunciando medidas de ajuste necesarias. La chica se detiene y saluda a otras personas que también sonríen. Continúo siguiéndola y no me importa.

Es ridícula esta persecución, absurda. No sé que me impulsa a caminarle a dos pasos a esta desconocida que sonríe. Cruza una calle, se pierde tras una esquina. Acelero y la veo de nuevo. Dos bares por cada portal, teléfonos móviles, libertad. No hablo con nadie desde mi desahucio vital. Me robaron la chispa, no pude pagar los intereses de tanta esperanza. Y que me queda más que corear desafinado en el púlpito de las quejas. Por eso callo y recupero geranios en estado crítico a salivazos. Ellos tienen raíces pequeñas y mis gatos no hacen preguntas. Las modelos, los futbolistas y los toreros no saben nada de la UCI vegetal en mi balcón.

La chica ha llegado, se detiene, estamos en la plaza. Desenrolla el hatillo, es una tela pintada. Voy a esconderme cuando se vuelve y me sonríe, me tiende una mano. Sin darme cuenta estoy sosteniendo un extremo de la tela, sin darme cuenta siento su mano en el hombro y le escucho decirme: vamos, abuelo. Sin darme cuenta lloro y estoy sonriendo y levantamos juntos la pancarta.

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor

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