Bebo con el comerciante esta noche y su hija nos mira desde el rincón de cubierta donde reposa el licor. Le brillan los ojos acuclillada entre las garrafas. Un vaso más, insiste su padre, o quien dice serlo. Vacía el suyo de un trago, eructa, se limpia la boca con el antebrazo y llena otros dos. Nada recuerdo hasta que despierto desnudo y pegado al cuerpo de la niña indigena. Mirándome profundo con sus ojazos de lechuza selvática, me abraza fuerte y confiesa que me vió actuar en el circo cuando estuvimos en Tarapoto, y que desde entonces me lleva en la memoria y en los sueños. No me olvida gallardo y disfrazado, escupiendo fuego con los ojos cerrados, el faquir.

El circo ambulante fue mi troupe entrañable, una república sin leones domésticos y llena de bajitos atareados, domadores de si mismos, payasos drogados y forzudos vulnerables. Espectaculares mujeres barbudas contorsionandose en el arrebatador show de un tragasables cerca de la jubilación. Malabarismos de carromato. Encontrarse con ellos fue golpetazo de arcén y destino, suerte loca. Vivir con ellos fue casi como sentirse en casa, si es que eso fuera algo posible o deseado.

En nuestra gira recorrimos airosos toda la Geografía del miedo. Lancé mi fuego alto y claro para los capataces y sus mucamas, para los nativos ebrios y los jóvenes escondidos detrás de las palmeras al borde del río, con los ojos hermanos de mi rencorosidad.
La magia conocida del room service carretillero y la dejadez vital volvieron a derramarse sobre mis días nómadas. Lauren Miloud, el trapecista ciego, y su mujer Beastinotte, certera lanzacuchillos, me adoptaron como a un hijo deseado. Papá y mamá. Jabalí Caimán, el bravo domador y su novia Salamanca Gómez, forzuda y montadora de la carpa, reían mis ocurrencias y soportaban mis borracheras. Los tiitos.

Cuando llegué al nacimiento del río Pardo, en Tarapoto, todavía me rascaba las cicatrices violetas de los escorpiones y recordaba el mal aliento del crucificado peyotero e irredento.Pero me sentía feliz en mi simplicidad monocelular, resumido a los hábitos fluviales, a la corriente general, a dejarse llevar. Feliz en lo básico aunque huérfano de madriguera.

Miraba con ojos de piraña infantil al trasero de la vida y paseé mis desencantos, maquillados como cortesanas sifilíticas, alrededor del tinglado de los feriantes. Pronto mis habilidades con las llamas me abrieron los brazos del gran Mateus, hasta que nos aconteció el sucio asunto del Miloud.

El gran Mateus: director, ilusionista, médium, escapista, místico. El fundó el circo Europa y recorrió los Alpes franceses e italianos durante casi diez años con desigual falta de éxito. Poseído de una determinación primordial y un saber estar inimitable en el círculo de arena, mantenía en vilo al público con su número de desaparición. Así era hasta el desenlace, cuando los abucheos y pitadas acallaban los sones que la orquesta rumana arremetía con energía.

En una noche de absenta Mateus vio en el nuevo continente futuros éxitos para la compañía. Sus adlateres de caravana recordarían después a un soñador de ojos febriles que les arrastró con magnetismo y promesas al otro lado del mar. Antes de la llegada tumultuosa y enérgica del circo a tierras de promisión hubo criterios dispares, opiniones siempre beligerantes. Solo alejándonos del desencanto regresamos a nuestras desorientaciones habituales. Y respiramos felices al sentirnos en pantanos conocidos.

Publicado por Alvaro Urkiza

Transeúnte, surfista, escritor, persona.

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2 comentarios

    1. Felipe, espero que entiendas que esto es mi espacio literario, de ficcion, donde todo es producto de mi imaginacion. Aqui escribo historias que invento libremente, no biografias o estudios acerca del circo. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
      Aqui, en Estado de Tránsito, cualquiera es bienvenido a leer, mirar y, si lo desea, dejar su comentario. Aqui todo es mentira y todo es arte.
      Un saludo.

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